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Ahí estaba, parada, mirándome con aquellos profundos y hermosos ojos negros. ¡Era tan sensual! Muslos firmes y una espesa cabellera negra que enmarcaba esos dos hermosos y tiernos ojillos. ¡La amaba!, ¡la amaba con locura, con una pasión inexplicable!
Me acerque a ella, la tome por el cuello y le di un tierno beso en la mejilla, acaricie su cabello y absorbí su aroma; si tuviera que describir aquel olor no lo podría hacer, solo se que aquel aroma, me extasiaba, me enloquecía.
Abrí la portezuela y la dirigí a la salida, las trencillas que le había hecho en la cola, se movían al vaivén de su cuerpo, amaba ese movimiento que hacia, amaba su espeso cabello, la amaba toda ella, amaba cada parte de su ser…
Mi pequeña Dolly dio algunas vueltas, corriendo y saltando. Su cabellera trenzada jugueteaba con el viento, era tan excitante verla y aun mayor sentirla, simplemente me volvía loco.
La llame, era hora de partir, el sol empezaba a ocultarse, no podía demorarme más. Dolly aun no quería irse o quizá no me escucho, así que fui por ella, la conduje nuevamente ala vieja portezuela, nos miramos mutuamente me acerque hacia ella y le deposite un beso en la frente, quería que supiera que la amaba, palmee su cabeza y le dije al oído lo buena chica que era.
Estaba sudada por las vueltas que dio en el pequeño campo, una espesa gota corría por su muslo izquierdo lentamente, aquello me excitaba de sobre manera, me abalance hacia ella y lamí la gota de sudor siguiendo el recorrido que había dejado, la sentí estremecerse, sabía que sentía todo mi amor en aquella lengüetada. Todo en ella me parecía adorable incluso aquella gota me sabía a miel.
El calor me sofocaba, no soportaba ni un minuto más sin poseerla, logre tranquilizarme y disfrutar más del momento. Bese su espalda deslizándome hasta llegar a su cadera, la acaricie un momento, desabroche el botón de mi pantalón cayéndome hasta las rodillas, había llegado la hora de hacerla mía, de ser solo un cuerpo…
Estaba exhausto pero feliz, habías sido una vez más mía y yo tuyo…
Le di un último beso estaba apunto de salir cuando mi pequeño hijo de seis años me pregunto:
-Papá ¡qué estabas haciendo con la yegua?
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